af_logo.jpg (7476 bytes)Alianza Francesa de Mérida

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Mirarse en una imagen de Alejandro Padrón es participar en la coincidencia que sugiere su juego metafísico.
Puede parecer un lugar común si no fuera tan físicamente evidente; sus vitrinas exponen también, en el juego óptico de la reflexión, lo que en ellas no puede estar. El vidrio es visto así como una membrana transparente de absorción selectiva que asimila signos de su contexto urbano y desdibuja la figura siempre presente del artista. Pero también el vidrio que lo separa a usted de estas imágenes desdobla a su vez el espacio y lo incorpora, como reflejo, en ese juego visual. Entre las aristas del marco coinciden entonces, usted en la sala de exposición, el maniquí en su falso habitáculo de una avenida de París, y el artista, aquí y allá, desplazándose entre ambas superficies.

Esta situación sugiere de manera ejemplar la imagen clásica del artista guiando al espectador por los parajes de un mundo subjetivo que es en definitiva su prisión electiva. Es una imagen literaria del arte.

Pero aun así no es suficiente, porque toda vitrina desde cierto ángulo y con una propicia incidencia de luz produce en cualquier lugar el mismo efecto. La elección temática de las vitrinas de la moda en París, como trasfondo constante, despliega el sentido estético de una vida aseptizada por el buen gusto, patética en su fría escena como un espejismo banal de la inmortalidad, y displicente por lo que sabemos representa. Mundanidad que nos devuelve al juego de los reflejos para recordarnos, a través del lente del fotógrafo, que el ojo del supremo poder de este mundo es un ojo de vidrio.

El arte no es un juego que involucre a todos por igual. Tomados de uno en uno, nos expone al vértigo privado de los fantasmas colectivos.

Luis Astorga
Mérida, 1 de mayo de 2000

 


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