Cambios

El Taller Libre de Arte

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México todavía continuará siendo, después de Poleo, Bracho y Rengifo, centro de interés para nuestros artistas. Entre aquellos disidentes y huelguistas que con ánimo de participar en la polémica de los estilos se agrupan en un reducto por entonces conocido como La Barraca de Maripérez para manifestar aquí su descontento y su voluntad de compromiso, sobresalen los que mantendrán a lo largo de su trabajo, ya desde entonces, una posición más comprometida. Eran Raúl Infante Velázquez, Sergio Gonzalez y Pedro León Zapata. Estos tres, con distinta suerte, toman, como en 1937 Poleo, el camino que conduce a México. En cuanto a Jacobo Borges y Régulo Pérez, integrantes también del Taller Libre de Arte, quienes viajaron a distintos puntos de Europa entre 1952 y 1955, nos ocuparemos de sus obras cuando tratemos el punto referente a la nueva figuración.
Virgilio Trómpiz fue entre los integrantes del Taller Libre de Arte uno de los pocos que permanecieron fieles al estilo figurativo en que se habían iniciado, sin efectuar más cambios que los que juzgó prudentes, quizás debido a que prefirió quedarse en Venezuela y no viajar a Francia, como hicieron casi todos sus compañeros de promoción. Fue, así, de los artistas de su época uno de los que no pasaron por una etapa abstracta. No obstante, su obra figurativa estuvo en un principio influida por el cubismo sintético, pero poco a poco, atraído por los temas del folklore negro y de la historia venezolana, fue derivando en su pintura hacia una estilización rítmica de la forma demarcada por un grueso contorno lineal, hasta una expresión más atmosférica, en la cual el tema de interiores o los retratos femeninos colocados en un espacio donde luces y sombras contrastan fuertemente, impuso a su obra una sensualidad grave y adusta y un refinamiento decorativo que en ningún momento como en las obras de fines de la década del 60 (como ésta del Museo de Mérida, ilus. n° 13) quedaron mejor expresados.
Los artistas plásticos no siempre son coherentes con el principio de evolución. Lo que en un comienzo los lleva a impulsar su investigación dentro de un espíritu nuevo, puede también cambiar de dirección y retrotraerlos, por una vía generalmente autocrítica, a etapas que consideraban antes superadas en su obra. Así Pascual Navarro. Luego de alcanzada la abstracción geométrica, mientras milita en el grupo los Disidentes, viviendo en París, Navarro retorna sus planteamientos iniciales del período formativo en Caracas y vuelve a una figuración expresionista (ilus. n° 12), que seguirá siempre marcada por el ascendiente de Armando Reverón.
El collage y el aerógrafo con esmalte emulsionado, plantillas y troqueles de nylon o goma constituyen una técnica mixta que Alirio Oramas desarrolló de modo muy personal desde mediados de los 60 para lograr un tipo de figuración de aspecto sofisticado y clima poético en donde el tema siempre resulta de confrontar en un mismo plano, como hacían los surrealistas, varias realidades opuestas o encontradas. Oramas llamó a la serie producida con estos materiales, y expuesta en la Galería 22 en 1966, El Edén de Adán. Invernáculo de Adán y Eva, en la colección del Museo de arte Moderno de Mérida (ilus. n° 14), pertenece a esa serie y es una pintura muy característica de un momento en que comenzaron a legitimarse, incluso en la figuración, materiales y medios aportados por las nuevas tecnologías.
Una constante de la pintura de Oswaldo Vigas es el tema de las Brujas, que fue precisamente el motivo de la obra con que se reveló en el Salón Oficial de 1952. Múltiples y singulares variantes de esta imagen mítica se han sucedido a lo largo de la trayectoria del pintor —salvo en un período comprendido entre 1955 y 1966—, sin que en lo esencial hayan desaparecido ni el tipo de impulsión expresionista que da forma al estilo densamente gráfico de Vigas ni tampoco los contornos filosos e hirientes con que acusa la forma exterior de sus personajes. Siempre bordeando la abstracción, la obra de Vigas mantiene una obvia relación con la figura humana, aun si, como en el caso de sus dos pinturas del Museo de Arte Moderno de Mérida, que son de 1974 (ilus. nº 15), las formas se vuelven planas, lisas y geométricas, al punto de que su interés se centre más en el dinamismo de la composición.
De la década del 60 es la serie que Mario Abreu llamó Objetos Mágicos, interpretando así la relación que se establece entre estos ensamblajes incisivos y las imágenes usuales en las prácticas de brujos, chamanes y adivinos. Y, en efecto, son los altares que dan expresión a las supersticiones populares, los nichos y retablos elaborados por anónimos imagineros, donde alienta una fe primitiva y auténtica, ligada a la magia, los elementos que evocan o que están en el origen de estos objetos construidos por Mario Abreu con toda clase de desechos y desperdicios, y a los cuales confiere una estructura abruptamente geométrica y de aspecto fiero (ilus. nº 16).
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