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Categoría:PERÍODO COLONIAL II - La Arquitectura

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La Arquitectura

Comparada con la de los virreinatos de México y el Perú, la nuestra fue una arquitectura muy modesta en sus dimensiones, en los materiales empleados y en la calidad de la mano de obra. La queja de los colonos por falta de alarifes o albañiles capacitados - hasta para seguir correctamente una pared- fue una nota reiterada en los documentos de aquellos tiempos. Olegario Meneses -primer venezolano en ocuparse del análisis de nuestra historia arquitectónica- dejó los juicios más severos que hasta ahora se conozcan sobre el carácter de la arquitectura de la colonia. Según él, en la Venezuela colonial no hubo casa o iglesia que valiera la pena. Un templo como el de Altagracia (en Caracas), tan elogiado por el viajero francés Francisco Depons (1751- 1812), para Meneses no pasaba de ser una aglomeración de órdenes, una verdadera y auténtica "pedantería arquitectónica". Y en términos no muy diferentes llegó a expresarse de las iglesias de San Pablo y de la Merced (también de Caracas), las cuales -según él - eran tan insignificantes que ni siquiera valía la pena mencionarlas. Pero sus juicios más despiadados los reservó para la Catedral de Caracas, cuyas gruesas columnas -observaba- daban al edificio un "carácter tosco y por demás pesado". Las consideraciones de Meneses tienen el mérito indiscutible – como ya hemos insinuado - de ser el primer testimonio crítico que un venezolano haya emitido, de manera deliberada, sobre el carácter de la arquitectura de la colonia. Pero, si bien estaba sustentada en sólidos principios teóricos, su óptica estaba signada por el más profundo sentimiento anti español, que era común a todos los intelectuales de su época. Esa predisposición le impedía percibir y evaluar, en los términos más justos y objetivos, el status arquitectónico de aquellas viejas y modestas construcciones, levantadas en medio de considerables limitaciones técnicas, artísticas y financieras. Vista en esos términos es posible afirmar que nuestra arquitectura colonial no careció ni de voluntad creativa ni de proyectos originales.

La casa colonial

En las primeras viviendas construidas por los españoles en Venezuela se adoptó el sistema autóctono de construcción, con algunas particularidades en las distintas regiones, impuestas por el medio geográfico, el clima y los materiales disponibles. Mientras en oriente, en el centro y en las regiones llaneras predominaron los techos de paja y las paredes de bahareque, en la región andina se impuso generalmente el uso de la piedra y la tapia. Poco más tarde, con el afianzamiento del proceso colonizador, el conquistador fue trasplantando el patrón de la arquitectura que predominaba en España, especialmente el de Andalucía. Así como los griegos de la antigüedad llevaron a sus colonias del Mediterráneo el diseño de sus ciudades, los españoles trajeron al Nuevo Mundo sus modelos constructivos y Urbanísticos. De las construcciones para uso residencial levantadas durante la colonia, son muy pocas las que se conservan en la actualidad. Los rigores del tiempo, los movimientos sísmicos y los requerimientos de un nuevo estilo de vida, conspiraron contra la conservación de un por sí menguado legado arquitectónico. La acción sísmica fue devastadora. El terremoto del 11 de junio de 1641 destrozó a Caracas casi por completo; el de 1674 causó estragos en Mérida, San Cristóbal y Trujillo; el de 1766 destruyó parcialmente al Tocuyo. La ruina y desolación de Caracas, ocasionadas por el terremoto de 1812, perduraron a lo largo de casi todo el siglo, hasta los tiempos de Antonio Guzmán Blanco, cuando tuvo lugar la primera gran reforma urbana y arquitectónica de la ciudad. Las transformaciones experimentadas por las ciudades (especialmente la capital de la República), en el siglo XX, tanto a causa de la explosión demográfica como de los deseos de modernización de la población, contribuyeron en buena parte a la desaparición de las más bellas mansiones coloniales. A pesar de que bajo el mandato de Isaías Medina Angarita fue promulgada nuestra primera ley de Protección y Conservación del Patrimonio Artístico (16 de julio de 1945), desde entonces hasta esta fecha han sucumbido los ejemplares de mayor significación histórica y arquitectónica. La voracidad inmobiliaria y los planes urbanísticos sacrificaron todas las antiguas moradas caraqueñas y del interior del país. Fueron demolidas, sucesivamente, la casa del Conde de San Xavier, en 1936; la casa de los Echenique, en 1945; la de Miranda, en 1948; la de Los Condes de Tovar y la casa del Canónigo Maya. Finalmente, para dar paso a la Avenida Este 1, hubieron de desaparecer dos hermosas viviendas contiguas: la casa del Colegio Chávez (antigua morada de Juan de la Vega y Bertodano) y la de Felipe Llaguno, ambas en el año de 1953. Afortunadamente, de ellas queda el recuerdo a través de excelentes imágenes fotográficas, reproducidas principalmente en los trabajos de Carlos Manuel Moller y de Graziano Gasparini, para sólo citar los más conocidos. ¿Cómo era la estructura y el aspecto de esas viejas casonas? Un testigo de la época, José de Oviedo y Baños, las describía como viviendas de espaciosos patios, con exuberantes jardines y huertos. Y un autor del siglo XX, Carlos Manuel Moller, reiteraba el contenido de la descripción de Oviedo y subrayaba la frescura y los amplios espacios de aquellas viviendas; Graziano Gasparini, el más devoto estudioso de nuestra arquitectura colonial, ha destacado en su obra, La Casa Colonial (1966), su extraordinario parecido con las casas de la baja Andalucía, especialmente sus ventanas con celosías sobre repisas voladas, solución dirigida a protegernos del radiante sol tropical. El eje fundamental, en su parte interior, era un patio central, circundado por corredores, cuyo número dependía del status económico del dueño. Los techos cubiertos de teja, caían en una serie de pilares marcando el límite entre los corredores y el patio, como uno de los elementos más importantes de la vivienda, pues a través de este espacio abierto -como decía Moller- la vida entraba a la casa, ya que por allí penetraban el aire, la luz, el sol, el perfume de algunos jazmineros, de los azahares de un naranjo y las "fragancias embriagadoras de plantas como la resedá y la dama de noche". Había casi siempre un segundo patio (llamado tras patio), con funciones muy específicas, pues era el área dedicada a la cocina, al lavado y a la caballeriza. Al interior se accedía a través del zaguán, un pasillo rectangular que remataba en uno de los corredores principales de la casa. El zaguán se abría, al nivel de la calle, en una gran puerta conocida con el nombre de portón, y, a nivel del corredor principal, en otra llamada anteportón. El primero permanecía siempre cerrado, mientras que el segundo era mantenido abierto durante todo el día. Algunas veces el zaguán se comunicaba lateralmente con una de las habitaciones a través de una pequeña puerta, área habitualmente reservada al estudio del dueño de la casa. Entre las moradas coloniales que han logrado sobrevivir hasta nuestros días es preciso citar la Casa Celís en Valencia, la llamada Casa la Blanquera en San Carlos (Estado Cojedes), la Casa Herrera en Puerto Cabello y en Coro la Casa Arcaya, la Casa de las ventanas de Hierro y La Casa de los Senior. La Casa Celis fue construida entre 1766 y 1776 por Ramón Ibarrolaburo y Añorga para su residencia familiar. Como vivienda particular contó con sucesivos dueños, hasta que en 1960 fue adquirida por la nación, restaurada en 1971, y declarada patrimonio nacional ese mismo año, cuando se le dotó de mobiliario adecuado para instalar en ella un Museo de Arte e Historia. La Blanquera, levantada también en el siglo XVIII, es uno de los pocos ejemplos del barroco colonial que hoy se conserva. Exhibe un dintel polilobulado en su portada, enmarcada por estípetes o pilastras en forma piramidal. La Casa Herrera de Puerto Cabello fue terminada en 1790, cuando esta ciudad era una de las principales zonas portuarias de la Compañía Guipuzcoana. Construida originalmente como residencia, tiene dos frentes: el principal da hacia la calle Bolívar y el posterior hacia la calle Los Lanceros. Resalta en ella la presencia de un balcón volado, en estructura de madera, con un acucioso trabajo decorativo. Su fachada principal luce una portada de austeras líneas clásicas, elaborada en piedra caralina. De las casas de la ciudad de Coro que quedan en pie, las más interesantes son: la casa de la familia Arcaya, la de la familia Garcés y la Casa Senior. Aunque en algunos aspectos - como bien señala Graciano Gasparini - éstas se apartan de la mayoría de nuestras construcciones coloniales, todas reproducen la estructura fundamental de las casas venezolanas de aquella época. Situada en el cruce de la calle Zamora con la calle Federación, la Casa Arcaya es una de las pocas viviendas de dos niveles que hoy podemos contemplar de aquel Coro colonial. La planta baja estuvo destinada a las actividades cotidianas y la parte alta, al descanso. Distinto era el uso de las casas de dos pisos en la Guaira y Puerto Cabello. Aquí el primer nivel se reservaba a las funciones comerciales y, el segundo, a la vida familiar. La fachada de la portada principal viene a ser uno de los ejemplos más contundentes del barroco criollo y su originalidad hay que buscarla en el movimiento de las pilastras, "donde los sillares colocados en punta, se alternan con los planos, creando una nota de particularidad dentro de la decoración almohadillada". Entre las pilastras se abre la puerta principal, con un arco rebajado cuyas enjutas están decoradas con motivos vegetales, solución común en ciudades como Caracas, Araure y Ospino. (Gasparini, La Arquitectura Colonial de Coro, pp. 193 -94). La casa de la familia Garcés, conocida popularmente como la Casa de las ventanas de hierro, también está ubicada en la mencionada calle Zamora, pero haciendo esquina con la calle Colón. Ella es, sin duda, la obra de arquitectura civil más importante construida en la época colonial que haya sobrevivido hasta nuestros días. Enrique Marco Dorta, en su conocida Historia del Arte Hispanoamericano (vol. III), ha dicho que "es el ejemplar más cargado de interés" que se dio en las costas venezolanas en ese entonces. Su estructura sigue el patrón de todas las casas coloniales venezolanas, es decir, patio central con corredores que descansan en columnas. No obstante, hay detalles que la hacen única en la historia de nuestra arquitectura de aquel tiempo. Nos referimos a los elementos de procedencia holandesa que podemos observar, como por ejemplo, el hastial de una de sus fachadas y las columnas bulbosas de sus corredores. Las columnas que circundan los corredores de esta mansión se caracterizan por un considerable abultamiento de sus éntasis, peculiaridad que hayamos, también, en la casa del canónigo Maya y en la del Colegio Chávez, ambas construidas en Caracas a fines del siglo XVIII. Moller, en atención a una hipótesis del estudioso ecuatoriano Gabriel García Navarro, llegó a afirmar que el abultamiento de las columnas era posiblemente de origen naturalista, acaso inspirado en la forma del tallo de los chaguaramos. Pero el profesor alemán Erwin Palm, en sus Estudios de arquitectura venezolana (1952), demostró ampliamente que provenían de las pequeñas balaustradas de algunas casas curazaoleñas del siglo XVIII, modelo que a su vez había sido tomado de una receta holandesa del siglo XVI, usada en Liuk y Maestrich. No obstante, la hipótesis de Palm, altamente verosímil, dada la vecindad de Coro con la isla de Curazao, no rige en el caso de las columnas del Colegio Chávez, emparentadas más bien con el barroco mexicano, o quizás con las columnas del convento de San Hipólito de Córdoba. Pero el detalle más atractivo de la Casa de las ventanas de hierro es, como ha observado el ya citado historiador español, Enrique Marco Dorta, su portada de ladrillo enfoscado. “Dentro del barroquismo de esta portada, (...), - escribía - no deja de sorprender la conjunción de notas de arcaísmo tan acentuadas como el frontispicio con la venera, las columnas de lejano recuerdo plateresco y la decoración de las calles laterales del segundo cuerpo, que evoca los paramentos cubiertos de imbricaciones del gótico Isabel. El conjunto, en suma, constituye el ejemplar más cargado de interés y de interrogantes del barroco que floreció en la costa venezolana durante el siglo XVIII” (Viaje a Colombia y Venezuela, 1948). Las fachadas fueron siempre un lugar privilegiado en las casas de la colonia. Fue en ellas donde mayormente se manifestaron las formas barrocas a fines del siglo XVIII. Así puede constatarse en algunas portadas de las ciudades llaneras y de la región andina. En variadas ocasiones lucen dinteles polibulados que, por su forma ondulada, confieren cierto movimiento a la fachada, como es el caso -ya citado- de la "Casa de la Blanquera en San Carlos (Edo. Cojedes) y el de la Casa de los Echanique en Caracas. Otras veces, dicho movimiento resulta reforzado por la presencia de en un tipo de pilastras, inspiradas quizás en la forma ondulada de las columnas salomónicas. Al igual que las anteriores, la Casa Señor o Casa del Balcón de los Senior, como suele ser llamada, está ubicada en el casco colonial de Coro y también fue construida a fines del siglo XVIII. Su nota más característica es la presencia de los balcones volados en cada una de sus dos fachadas. Esta característica, común en las ciudades costeras como Puerto Cabello, es excepcional en Coro. Es hoy monumento histórico por decreto por la Junta Nacional Protectora y Conservadora del Patrimonio Histórico y Artístico de la Nación en marzo de 1966.

Los templos

Los templos ocuparon sitios privilegiados en la ciudad colonial. Las Leyes de Indias estipulaban su ubicación en uno de los ángulos de la Plaza Mayor, junto al Ayuntamiento ya la Gobernación. Los primeros fueron necesariamente construcciones elementales con techos de paja, pero progresivamente se observa un mayor esmero estilístico y constructivo, en la medida en que se produce un afianzamiento de las formas de colonización política, económica y cultural. La planta fue concebida bajo el esquema basilical, modelo que la iglesia había tomado de la arquitectura civil romana en la época del emperador Constantino. En Venezuela la gran mayoría de las iglesias adoptó forma rectangular, siendo excepcionales las de cruz latina, como la de San Miguel de Burbusay en el Estado Trujillo, la de Clarines en el Estado Anzoátegui, la de la Concepción del Tocuyo en el Estado Lara, y la de San Clemente en Coro (Estado Falcón). El número de naves fue muy variable. Generalmente fueron tres, pero podemos encontrarlas de cinco, como la Catedral de Caracas, o de nave única como la de iglesia de Pampatar en la isla de Margarita, la San Rafael de Burbusay en el Estado Trujillo, y las iglesias del Calvario en Carora y la de Arenales (ambas en el Estado Lara). En la techumbre de nuestros templos predominó el sistema de pares, tirantes y nudillos. Cobertura generalizada que prevaleció desde los primeros años de la colonización hasta el siglo XVIII, y que hubo de seguir usándose durante todo el siglo XIX y las tres primeras décadas del XX. Lo vemos en la Iglesia de la Asunción y en la de Coro, que son las más antiguas, en casi todas las iglesias de la región llanera, y en la gran mayoría de nuestros vetustos templos. La Catedral de Caracas, terminada en 1713, lució un techo de pares y tirantes hasta 1930, año en que concluyeron los trabajos de refacción que dieron al traste con las formas originales del techo y de sus columnas octogonales de madera. El sistema de pares, tirantes y nudillos, es una de las características más peculiares del mudejarismo en Venezuela, y se impuso por razones de costo, rapidez y facilidad en la ejecución. Graziano Gasparini, Boletín del Centro de Investigaciones Históricas y Estéticas de la Universidad Central de Venezuela (N°1, 1964)].

El uso de la bóveda y de la cúpula, en cambio, no fue común en la construcción de nuestros templos de la colonia. Sabemos, sin embargo, que bóveda s y cúpulas cubrieron las iglesias de Altagracia y de la santísima Trinidad, en Caracas, hasta que ambas fueron derribadas por el terremoto de 1812. En todo caso, los templos con cúpulas y bóvedas fueron una rareza y adoptaron características muy particulares, como podemos hoy constatar en las iglesias venezolanas. Vale la pena mencionar en este sentido templos como el de Paraguachí (isla de Margarita), el de Arenas (Estado Sucre), y en varias iglesias del Estado Lara, como la de San Juan Bautista (Carora), la de la Inmaculada Concepción (El Tócuyo), la de la Concepción (Barquisimeto), y las de Arenales y Quíbor. Se trata, por lo general, de cúpulas achatadas, sin tambor, tal como podemos apreciar en la ya mencionada iglesia de Paraguachí, cualidad que la emparenta con algunas iglesias coloniales de la República Dominicana. Menos achatadas son las pequeñas cúpulas de las dos torres de la iglesia de Arenas (Estado Sucre), templo probablemente concluido en 1678, visitado por Humboldt en 1799 y restaurado entre 1974 y 1975. Queda a muy pocos kilómetros de Cumanacoa y luce, en una de sus fachadas laterales, soluciones decorativas que llaman la atención. Se trata de altorrelieves que reproducen figuras de perros, cachicamos y caballos. Destaca, también, la imagen de un indio que porta una lanza en su mano derecha. No deja de tener razón Gasparini, cuando subraya que esta particularidad expresa acaso la preocupación por introducir elementos autóctonos en el universo decorativo. Es, además, un rasgo bastante significativo en relación con el papel que el mestizaje empieza a adquirir en el proceso cultural de la América Hispana, con manifestaciones que no les son ajenas a la pintura. Boulton, por ejemplo, hace referencia, en este orden de ideas, a las facciones mestizas del niño de una Virgen del Rosario y al rostro de la Virgen de una Piedad que se encuentra en la Iglesia de Araure (Estado Portuguesa). Y no podemos dejar de mencionar entre los templos de cúpulas achatadas el de San Lorenzo, en el Estado Sucre, y el de Arenales (Estado Lara). Este último fue terminado en 1781 por el Presbítero José Félix Espinosa de los Monteros. En fin, dentro de este tipo de construcción resalta la iglesia de la Concepción del Tocuyo, donde la cúpula sí descansa sobre un tambor, y cuyas formas actuales se corresponden con la descripción del Obispo Mariano Martí en la octava década del siglo XVIII y, según la cual "El presbiterio es de bóveda y forma en el crucero con los primores de la arquitectura una media naranja bien hermosa". También " las dos capillas colaterales de las naves son de bóvedas, (...)." Algunas veces hallamos iglesias con un sistema de bóvedas de maderas adherido a la techumbre. Se trata, en realidad, de falsas bóvedas, como podemos constatar en la iglesia de Clarines (Estado Anzoátegui) y en la de San Antonio de Maturín (Estado Monagas). El crucero de la primera se encuentra cubierto por una bóveda de madera que cuelga de la armadura, sustituyendo así a los tirantes. Encontramos un procedimiento similar en el pequeño templo de San Antonio de Maturín, pero aquí las bóvedas son de aristas, mientras que la de Clarines, de medio cañón. Al igual que en la arquitectura civil, en la religiosa fueron las fachadas el sitio de mayor expresión estilística. Constituyen la parte del edificio donde podemos verificar el eco de diferentes estilos europeos, desde las formas clásicas renacentistas hasta el espíritu del arte barroco. Pero es necesario hacer notar que en ningún caso se trata de soluciones espaciales en estricto sentido arquitectónico, sino de planteamientos que generalmente se resuelven en el terreno decorativo y con efectos puramente escenográficos. Las fachadas constituyen, pues, el lugar de mayores esfuerzos estilísticos y es allí donde podemos percatarnos de que en la colonia no hubo estilos bien definidos. Son, generalmente, yuxtaposiciones de códigos de diverso origen. Se tomaron elementos de aquí y de allá, quizás al azar, y de acuerdo con las posibilidades que ofrecía la austera vida colonial. Así, e n las fachadas, vemos los ecos de la arquitectura renacentista, pero también del barroco y del rococó. En la portada principal de la iglesia de la Asunción (Isla de Margarita) es bien claro el rasgo renacentista. Allí podemos observar un entablamento con triglifos y motivos clásicos, que descansa sobre un arco rebajado. Remata en un frontón, interrumpido en el centro por un ojo de buey con doble moldura. Estas mismas formas, pero en tono de mayor sobriedad, se repiten en las fachadas laterales. En cambio, las iglesias del siglo XVIII recibieron, aunque de manera atenuada, la influencia del barroco. Así puede observarse en las fachadas de la catedral de Caracas, en la de San Sebastián de los Reyes y en la de Turmero, estas dos últimas en el Estado Aragua. Observamos el mismo fenómeno, además, en la iglesia de Calabozo (Estado Guárico), en la de "San Francisco" en el Tocuyo (Estado Lara) y en la de Araure (Estado Portuguesa). Es obvio que una estructura barroca, en el exacto sentido del término, no se da en estos templos con el mismo rigor que constatamos en Europa, especialmente en Italia. En las nuestras el movimiento se congela en las semicolumnas, pues no logran producir un verdadero estado de interacción de fuerzas que presionen del interior al exterior y viceversa, tal como puede apreciarse - para solo citar dos ejemplos- en las iglesias romanas de Santa María della Pace, de Pietro di Cortona (1596- 1669), y en la de San Carlino alle quattro Fontane, de Francesco Borromini (1599-1667). Otras veces el gesto barroco se expresa en términos muy diferentes, como en la pequeña iglesia de San Antonio de Maturín (Estado Monagas). Humboldt, a comienzos de siglo, vio en ella un templo "del más puro estilo griego". Naturalmente, el sabio alemán la miró en sus detalles, no en su conjunto, el cual revela una indiscutible intención barroca, si consideramos la disposición de las paredes de la fachada, dirigida a producir un cierto movimiento ondulante.

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